domingo, 5 de agosto de 2007

EL NEGOCIO DE ''INOX'' (Almería - enero de 1.569)



Por: Nicolás Cabrillana

La situación de Almería en enero de 1569 debía ser auténticamente dramática. La capital estaba repleta de moriscos, vecinos unos de la ciudad y otros refugiados de las aldeas cercanas. Eran moriscos pacíficos pero los cristianos viejos recelaban de ellos, los consideraban espías o conspiradores. El problema se agravó cuando buen número de cristianos aventureros se enrolaron en el ejército del Marqués de los Vélez, que conseguía buenas presas en Félix, Ohanes y Taha de Marchena. La llegada de don Francisco de Córdoba con tropas bien pertrechadas debió ser un gran alivio para el sector cristiano de la ciudad, pero, a pesar de ello, se continuó a la defensiva, todo el mundo alertado y atento a los movimientos que se conocían por las noticias de los que venían a refugiarse tras los muros de la ciudad, y por los espías que enviaba el Capitán don Cristóbal de Villarroel, que hasta la llegada del Capitán don Francisco de Córdoba había sido jefe civil y militar de Almería. El Marqués de los Vélez tenía órdenes expresas de proveer de gente de guerra a la ciudad, pero sus operaciones bélicas no hicieron sino desguarnecer más la escasa defensa de Almería. Ante el grave peligro que ésto suponía para el sector cristiano, don Francisco de Córdoba envió despacho el 28 de enero al corregidor de Guadix, Pedro Arias de Ávila, y al propio Rey exponiendo el peligro que la ciudad corría de ser atacada por turcos y berberiscos.

Afortunadamente, al siguiente día llegó a las playas de la ciudad la flota de Gil de Andrada, compuesta de nueve galeras, alimentos y municiones. Aquello significó para Almería un cambio de rumbo, pues don Francisco de Córdoba, deseando tomar parte activa en la guerra, propuso a Gil de Andrada lo que Mármol con lenguaje descarnado llama el «negocio» de Inox. Atacar a los moriscos no era para nuestro jefe local una cruzada, un preclaro acto patriótico, sino una ocupación lucrativa, una manera de aumentar su caudal, ya que el jefe militar de Almería cobraba la quinta parte de todo lo tomado al enemigo. Gil de Andrada se avino al trato, después de largas discusiones, pero siempre que se repartieran las presas a partes iguales, una para la infantería y otra para la marinería, una vez sacado el quinto real y el diezmo. Mármol Carvajal comenta esto con una bella frase «por nuestros pecados, en esta era reinaba tanto la codicia que oscurecía la gloria de las victorias».
Inox era un pueblo, ahora desaparecido, situado al oeste de Níjar junto a un cerro que se consideraba inexpugnable. En Almería se supo que el peñón cercano al lugar de Inox había sido fortificado por los moriscos de la comarca, capitaneados por Francisco López, alguacil de Tabernas, y la colaboración de turcos y berberiscos, aventureros que habían llegado en fustas expresamente para ayudarles. En el peñón se habían concentrado moriscos de Tabernas, Huebro, Lucainena, Níjar, Turrillas y varios lugares del río como Gádor, Viator, Pechina, Rioja y Benahadux, e incluso del arrabal de la ciudad y de los lugares de Alhadra y Alquián. Todas esas familias habían llevado consigo no sólo sus ganados sino también sus ahorros y sus alhajas, pues los moriscos no pretendían atacar a los cristianos, lo cual hubiera sido descabellado y suicida, sino emigrar a Berbería con lo más que pudieran, ya que les habían prometido para ello doce bageles.

El «negocio» no podía ser más tentador para los cristianos de Almería, que puestos de acuerdo, emprendieron la marcha hacia el cerro de Inox el día 29 de enero a las nueve horas. El deseo de lucro hizo que se enrolara cuánto hombre pudiera empuñar las armas. Los Protocolos Notariales otorgados después de la batalla, nos han perpetuado los nombres, apellidos, y a veces los oficios de los almerienses que constituían el ejército. De todas las clases sociales acudieron animosamente para atacar el fuerte de Inox; los regidores Ruiz Díaz de Gibaje, Gerónimo de Lorenzana, Juan de Figueroa; el procurador Gerónimo de Morata, los doctores Molina y Juan Bautista de las Heras, el abogado Francisco Ruano. Todos ellos lucharon junto a simples artesanos y aventureros; los calceteros Diego Gutiérrez y Pedro de Panticosa, los caldereros Gome Palomo y Juan de Bonilla, el tejedor Gaspar de Alcalá, los carpinteros Alonso de Roa y Gerónimo de Herrada; el cantarero Juan Ochoa, el especiero Juan González Espinosa, el salinero Martín Rubio, el herrero Pedro Ramos, el jabonero Antón Ramón..., todos dejaron la tranquilidad de sus talleres, para enrolarse en el ejército improvisado; incluso clérigos, como Martín de Soto, Hernando de Monzón y Juan de Soler participaron en el «negocio». La ciudad de Almería debió de quedar desguarnecida con la salida de casi todos los hombres en edad de tomar las armas, y ello podría haber provocado el levantamiento de los moriscos que habitaban en ella; creo que si no lo hicieron fue por su firme convicción de seguir fieles a la Corona, pues durante la ausencia del ejército cristiano la vigilancia de la ciudad estuvo en manos tan ineptas como las del regidor Pedro Mártir de Gibaje, el cual el 21 de junio de 1569 solicitaba a las autoridades militares le pagaran la parte que le correspondía de la cabalgada de Inox «por haberme hallado, al tiempo e sazón que se hizo, en esta ciudad de Almería, e haber velado e hecho de mi parte todo lo que pude, como los demás hicieron, en la guarda de esta ciudad, mientras la gente estaba en el dicho lugar de Inox». Gibaje debía ser de edad avanzada, pues ese, mismo día solicitaba del Rey la renuncia de su oficio de regidor en beneficio del también almeriense Francisco Alcocer.
A la conquista del cerro de Inox se marcharon incluso los soldados de la Alcazaba; los Protocolos nos hablan de Juan Cano El Viejo, Juan Alcocer, así como del alcalde y capitán de la fortaleza Alvaro de Sosa.
Ante la mirada sorprendida, expectante de los moriscos de la ciudad, emprendieron también el camino de Inox, los soldados de las galeras de Gil de Andrada, que quedaron desguarnecidas en el puerto, así como muchos forasteros, que casualmente se encontraban en Almería, deseosos de participar en el posible botín. Los escribanos públicos de la ciudad nos han legado los nombres de Antón Pomades, natural de Elche, de Rodrígo Ruiz, de Medina del Campo, de Hernán Rodríguez y Antón Pica, cordonero, vecinos de Cartagena, de Alonso de Peñalosa natural de Alcaudete, de Pedro de Céspedes, vecino de Medellín, el cual afirma en acta notarial que se halló en la «refriega» de Inox.
Tras las infructuosa oferta de paz por parte de don Francisco de Córdoba, mientras continuaban los preparativos para el ataque, se inició la batalla el día primero de febrero. La disposición del terreno daba toda la ventaja a los cristianos, que situados bajo las grandes peñas del cerro no eran alcanzados ni por las rocas que arrojaban los moriscos ni por las saetas que disparaban, en cambio los rebelados ofrecían un certero blanco a la arcabucería. Dada la fuerte tempestad de viento reinante decidieron los jefes dejar la lucha para el día siguiente fiesta de la Candelaria.
Durante la noche don Francisco de Córdoba con la vanguardia ocupó la montaña cercana al cerro que lo domina por la parte norte y don Cristóbal de Villarroel con la retaguardia comenzó el ataque antes de que amaneciera. Al rayar el alba ya estaban ambos cuerpos de combate rodeando el peñón de Inox. «Allí pelearon los enemigos como hombres determinados a perder las vidas por la libertad de sus mujeres e hijos, que tenían por compañeras en la presencia del peligro», escribe Mármol.
El arrojo de los moriscos era tal que estuvieron a punto de hacer cambiar el rumbo de la batalla, pues muchos cristianos empezaron a huir, y todo se habría perdido si unos capitanes no hubieran sorprendido a los rebeldes por la retaguardia, subiendo por unas rocas que estaban a la mano izquierda del peñón. Ello decidió la victoria cristiana; según las crónicas más de cuatrocientos moriscos murieron en la pelea y fueron hechos prisioneros más de dos mil setecientos entre mujeres y niños, y una cantidad enorme de ropa, joyas, oro y plata, ganado, etc., estimados en más de quinientos mil ducados. Aunque los cronistas hubieran exagerado algo, las cifras son lo suficientemente elevadas como para considerar la victoria cristiana de Inox como un auténtico «negocio».
Aunque el número de cautivos no debió de ser tan elevado como afirman los cronistas, y entre los varones fueron seleccionados buena parte para las galeras, todos los participantes tuvieron su premio; incluso el depositario Gaspar de Avendaño, que no debió tomar parte en la pelea, recibió una esclava de 28 años de edad, que aumentó el caudal de su dueño al dar a luz una criatura en el mes de junio20. Incluso quedaron esclavos para regalar, pues don Francisco de Córdoba donó al Hospital Real de la Magdalena de Almería una esclava llamada Elena, vecina de Huércal, y un niño hijo suyo, de cinco años de edad, llamado Diego Zocoilique.
La gente de las galeras, que desempeñó un papel importante en la batalla de Inox peleando en vanguardia con su cabo Juan de Zanoguera, recibió la parte proporcional acordada con don Francisco de Córdoba. El capitán de. la flota, comendador Fray Gil de Andrada, recibió una esclava de 18 años de edad llamada Isabel, hija de Luis Alonso de Benavides, natural de la villa de Níjar, que fue rescatada por sus familiares de Almería por 150 ducados. También fueron liberadas en Almería dos moriscas, María y Brianda, hijas de Francisco El Poy, vecino de Gádor, vendidas a Luis de Acosta, capitán de la galera «Patrona Real» del Excelentísimo Señor don Juan de Austria. Igualmente fue rescatada en nuestra ciudad, el 16 de junio de 1569, Luisa Xibit, esposa de Andrés Navarro el Febeire, vecino de Turrillas, que había sido vendida en 24 ducados al doctor don Diego Marín, maestrescuela de la catedral, por la gente de las galeras, deseosa de obtener dinero cuanto antes.
Los navíos de Gil de Andrada, tras abandonar el puerto de Almería, debieron tomar tierra en Cartagena, en donde la marinería continuó vendiendo cautivos de Inox, ya que el 26 de mayo de 1569 llegó a nuestra ciudad un cartagenero llamado Rodrigo de Balcuende que traía consigo una esclava vecina de Rioja, esposa de Diego Zuiri, comprada a la gente de las galeras reales, para que sus parientes la rescataran; en Cartagena quedaban dos hijos de la esclava, Alonso y María, también capturados en Inox, que serían enviados a nuestra ciudad si se llegaba aun acuerdo en el precio del triple rescate.
Pero otros muchos cautivos no volverían a ver sus hogares de origen.
 Recordemos los versos de Pérez de Hita, referentes a la cabalgada de Inox:
Las galeras hazen vela
y parten para Levante
llevando moros y moras
que vender a cualquier parte.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Una aclaración: El término "negocio" que aún se utiliza muy frecuentemente en los pueblos de la alpujarra almeriense, no implica en absoluto "comprar, vender o sacar beneficio"... simplemente se refiere a "un asunto", sin más... fregar el suelo de la casa, es estar liado con ese negocio, estar en un entierro puede decirse "fíjate el negocio que llevo", echar el agua al acequia puede decirse como "pues fíjate el negocio".... en absoluto tiene que hacer alusión al beneficio en sí, sino a una forma de ocmunicarse en que se viene a entender con simpleza que se está haciendo algo, sin más.

Saludos.

"Me voy con este negocio a otra parte"....

Por lo demás, un excelente artículo.

Precisamente estoy leyendo a Marmol de Carvajal "El rebelión y castigo de los moriscos del Reyno de Granada"... lástima que la historia la cuenten los vencedores.